Para muchos el 13 es un día de mal augurio, un día predestinado a la mala suerte: para mí representa mi renacimiento. Qué coincidencia que ese número sería el marco en el cual dos damas se pondrían a jugar una partida de póker para decidir quién se iba a quedar conmigo.
En el panorama se podía ver una mesa, y del lado izquierdo, una joven de cabellos dorados y vestido blanco reluciente que tenía entre sus manos varias cartas. La primera era la reminiscencia del cumpleaños que mi familia me festejó en un parque de la colonia Del Valle, cuando tenía cinco años. La segunda carta era aquella donde con mucho regocijo recibí mi certificado de primaria con un promedio de 10. La tercera era aquella donde aparecía con mis amigos en la graduación de la preparatoria. La cuarta era un secreto que no iba a revelar en el momento indicado.
Por otro lado estaba una mujer más exuberante, con un vestido negro entallado y con unos labios que irradiaban un color escarlata. Ella, con sus grandes y delicadas uñas pintadas de negro, mostró sus cuatro cartas: la soberbia, la vanidad, la pereza y el odio. Mostró una sonrisa furtiva, alzando el ceño y presumiendo su blanca dentadura. Se levantó y con la mano en la cintura caminó hacia mí. La dama blanca la detuvo en seco, invitándola a mirar cuál era su cuarta carta, lo cual provocó en la segunda mujer una expresión que le hizo apretar sus puños tan fuerte, que sangró su mano. Siendo sincero, desconozco cuál fue esa cuarta carta.
Mientras eso sucedía, mi cuerpo permanecía -cuestión de minutos- quieto en la carpeta asfáltica. No pasó mucho tiempo para que abriera mis ojos, y divisara a esa mujer vestida negro frente a mí. Ella era la muerte, y me retó sin quitar su penetrante vista de la mía, y debo decir que a partir de ese momento, no he vuelto a bajar la mirada ante nadie. Con humildad y elegancia, ella aceptó su derrota, reconoció que todavía no era tiempo de que la acompañara. La mujer caminó unos metros, hasta que con la frente en alto, en la oscuridad de la noche la perdí de vista.
Hoy, hace dos años sucedió eso. Regularmente las personas que ven a los ojos a la muerte suelen mirar por minutos el cielo. Se sientan por un buen rato en el pasto a sentir su textura y a escuchar el trinar de algunas aves. Se quedan inmóviles sintiendo cómo el aire entra por sus pulmones y después es exhalado. Son esas cosas tan insignificantes, pero de gran trascendencia que apreciamos de nueva cuenta, y es que tienen razón las decenas -literalmente- de personas que me han afirmado que aquel día yo volví a nacer.
También se dice que todos tenemos un ángel de la guarda. Yo tengo tres: mi abuelo, mi hermano y una amiga que, además de ser un ángel también es un hada…
LoveBlue… vuela




De ellos para mí