
Sí, es de no creerse todo lo que ha pasado.
Hace un año, cuando tuve el honor de conocer a la Dra. Beatriz Malagón (alias Malagombrich) pase algunos episodios vergonzosos. Humillaciones de tal grado, que incluso dudé si el Diseño era lo mío. “No has aprendido a sintetizar”, “No tienes idea de lo que estás hablando”, “No sirves ni para la teoría ni para la práctica”, “Reprobarás”, fueron algunas de las frases que ella me recitó. La última vez que la vi el año pasado, le dije que era una lástima la manera en la que me había conocido, pero que un día nos íbamos a ver las caras otra vez. Algunos sucesos pasaron, y jamás me imaginé las vueltas que iba a dar la vida, colocándome en el mismo sitio donde me quedé. Que me haya tocado teoría con ella fue terrorífico, pero cuando me hizo saber qué tema iba a exponer: fue catastrófico. Tendría que resolver el tema que tiempo atrás me había hecho pedazos. Tenía que recordar lo malo que había hecho para no pasar un mal rato. Cierto, recordé que todo había salido mal, así que me esforcé por preparar algo bien.
El día de la exposición llegó, y de los cinco de mi equipo, solo Tanya y yo pudimos salvarla. Pensé que me iba a ir regular. Cuando ella me dijo mi calificación, realmente me sorprendí. Estuve a cinco décimas de sacar su calificación perfecta. Eso no es todo. Octavio Cuéllar, otro erudito del diseño, personaje entrañable, hombre con estrafalarias ideas, es mi maestro de nuevo. Quise entregarle un trabajo que ya había realizado con él, pero recordó los trazos que un día había hecho. Me obligó a hacer un trabajo nuevo. No me enojé ni nada por el estilo, al contrario, me sentí halagado de que hubiera recordado mi técnica. Incluso quiso quedarse con mi trabajo, obviamente no se lo permití. Este mismo personaje, dejó realizar un cartel, y yo jamás había realizado uno. Me troné los dedos una y otra vez, sentado durante minutos ante el Illustrator, hasta que por fin algo vino a mi mente. Terminé un diseño que daba el gatazo: algo con lo que me pudiera calificar. Cuando mi equipo, integrado por algunas de las mentes más brillantes de la nueva generación de diseño (tengo que admitirlo), presentó ante Cuellar los bocetos, para mi sorpresa eligió el mío. En colaboración con Mariela, una compañera, logré aterrizar la idea. Presentamos el boceto final, y no hubo una sola persona que no quedó fascinada. En ese momento, estuve seguro que algo hice bien durante este tiempo. Este capítulo todavía no acaba, falta ver cómo se concreta este trimestre. Hoy, puedo decir que hasta este momento me he llevado un muy buen sabor de boca, no solamente por lo que he logrado, sino por las personas que ya ocupan un lugar en mi existencia.
Por cierto, después de tanta cursilería, invito a todo aquel que guste, a pararse un rato por la estación del metro de La Raza, donde están los carteles de algunos compañeros como Rojo (jeje), y además, el que yo hice: increíblemente, el primer cartel que he hecho en mi vida Tres arquitectos, tres propuestas, la obra de Pablo Quintero Valladares, Jorge Andrade Narváez, y Alberto González Pozo, así que vayan, aunque sea para criticar hahaha.


Haha no me la creo. Faltan unas cuantas horas para que cumpla veinte años. Qué década! Y pensar que estuve a punto de quedarme en 19, pero todo pasa por algo. Como hace unos días, mientras iba en un taxi, un hombre me dijo: “Muchacho, si Dios te dejó aquí, es por que debes de hacer algo realmente grande”, y en efecto, eso es lo que pienso hacer. Gracias a todos los que han confiado en mí, y a los que no, también gracias, por que son el motivo que me impulsa para continuar con más fuerza. Seguiré, como diría el buen Mike Valenti: “Aunque el cielo se derrumbe”.